LA
VISITA DE LA BELLEZA
La luz resplandeciente del sol del mediodía,
se derramaba por la ventana e inundaba todo el laboratorio.
Agradecí tener aquella majestuosa compañía.
Los enormes mesones y las paredes blancas,
refulgían.
El aroma de una varita encendida de incienso
de rosa y miel, complementaba perfectamente aquel ambiente, convirtiéndolo en
un lugar de deliciosa paz.
Regreso la vista al trabajo, luego de admirar
durante un minuto aquella maravilla. Me entrego a la tarea de ordenar un poco
mis libros, organizo el cuaderno nuevo de notas -me divierte usar lapiceros multicolores- hago todo mientras
mastico con desgano un soso almuerzo.
Me decepciona la falta de sal de una seca
carne mechada y una arepa fría delgada.
¿Por
qué mamá será tan pichirre con la masa?.
Un bocado era más difícil de tragar que el
anterior.
En una de aquellas desagradables degluciones,
me sorprendió la visita inesperada de la belleza, que complementaba aquella luz
crepuscular de abril:
Un
hermoso colibrí, entró intempestivamente por la ventana, mientras cantaba una
preciosa melodía. Mantuvo su vuelo cercano a la lámpara durante unos pocos
segundos. Allí pude observarlo con atención.
Presentaba un precioso plumaje plateado,
hermosa cola formada por un racimo de plumas platinadas alargadas, con una
serie de puntos blancos en los extremos. Era de mayor tamaño que los colibríes
que conocía.
¡Contemplaba extasiada aquel hermosísimo
ejemplar!
Describir la sensación que en ese momento
inundó mi cuerpo, incluiría una extraña mezcla de asombro y alegría. Tanto, que
no pude contener las lágrimas.
Él también me observaba, mientras mantenía el
rapidísimo movimiento de sus alas, sin cambiar de posición ni dirección.
Ambos nos escrutamos, inmóviles, en el
espacio que ocupábamos.
De repente, la magia del momento terminó,
cuando mi colibrí decidió seguir su acelerado vuelo hacia la puerta de salida
de emergencia de la escuela.
Allí fue libre de nuevo, sin saber que me
regaló uno de los mejores momentos de mi vida.
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