viernes, 23 de diciembre de 2016

ANTOLOGÍA DE CUENTOS

ANTOLOGÍA DE CUENTOS
                                                          Emma Ants

                   




















EL AGUIJÓN


A veces, analizo lo que no debo.
Un día, preparaba un trabajo de disección de diferentes insectos .
Los tenía a todos distribuidos en grupos en una gran lámina de anime
¡Preciosos! Armados tal como aparecen en la naturaleza.
Cuando despegué una de las avispas de esas que comúnmente denominan "mata caballo", ocurrió lo impensable.
Al colocar el último alfiler cercano a su abdomen, sacó su aguijón y pinchó la punta de mi dedo índice.
               ¡ESTABA VIVA!
Di por sentado que todos aquellos insectos estaban muertos desde hace días.
Mi dedo pesaba como una piedra. El dolor era insoportable. Brincaba y salivaba a la vez.
Aprendí desde ese momento que no debo fiarme de mis certezas. Dudaré un poquito hasta estar plenamente segura.
Cuando analizo lo que no debo, me ocurre algo parecido a la sorpresa que recibí con aquella inesperada picada. Sé que se avecina una horrible sensación dolorosa.
Aunque esté segura de que el dolor pasará, terminará dejando una huella indeleble.

     

FINAL DE QUINCENA

Camino agobiada, extenuada por el golpeteo incesante que hace la crisis en mis vacíos bolsillos. Recorro aceras inundadas de seres semejantes a la onda que de mi permea. Ríos de gente que avanza con la mirada perdida, cansada, cuyos pasos dejan una estela parecida a la de una escoba de verbena.
 Allá, a un lado del enorme edificio de cristal azabache, veo al fin lo que anhelaba: el brillo metálico de un cajero automático disponible. Avanzo hacia el espacio donde se encuentra, sin dejar de observar mi deprimido reflejo en la superficie de cristal oscuro. Con rapidez, introduzco la primera de mis tarjetas, cruzo los dedos, luego de marcar el código de seguridad. Se hace infinito el tiempo de respuesta. Un aviso de "saldo insuficiente", es "suficiente" para ahondar mi pena y clavar en mi ánimo la aguja de la desesperación. Prefiero continuar hasta encontrar esperanza en otro cajero del camino hacia mi casa.
Luego de atravesar el estrecho recorrido que permiten los vendedores ambulantes a los siempre apurados transeúntes de la capital, logro llegar  a la zona de complejos edificios urbanos.
Justo en el nivel de la calle, me esperan no uno, sino cuatro deslumbrantes cajeros automáticos. Cada uno, presentaba una pequeña fila de desesperados que como yo, agonizan al final de la quincena. Escojo la que da a la derecha. Espero mi turno, mientras aprovecho para descansar un poco. Cuando se va el usuario que me precede, avanzo con paso firme con mi segunda tarjeta en mano. Cual no será mi sorpresa que se atraviesa uno de los que hacía la fila vecina y toma mi lugar, robando mi turno. El resto de los que esperaban conmigo, me comunican su gesto de desaprobación con la mirada. Avanzo hacia el desvergonzado personaje, hundo mis dedos índice y medio en su hombro derecho, en dos oportunidades. Confieso que buscaba provocar su molestia, además de reclamar su abuso.
Pidió disculpas con caballerosidad y retrocedió hasta su lugar. Su educado gesto logró desarmar toda mi agresividad. Ya no le embestiría como pensaba. La urgencia que marca la crisis, también le impulsaba.




                     








 TIRANÍA

 ( para Joe Sun )

1, 2, 3, 4… al nombrar el número 5, suena el mortal disparo. La formación militar continúa el paso en estricto orden. Desfilan coordinando el miedo que acaba de nacer en sus entrañas. La indisciplina, halló lugar en el suelo, ahogada en un enorme charco de sangre.

Todos, levantan el puño y voltean sus caras, para saludar al tirano que se halla altivo, con mirada desafiante en la tribuna. No parpadea, a pesar del goteo incontenible de sudor en su frente. Sus sienes laten empapadas. El bigote, brillantemente incómodo, hace que abandone la pose tirana para sacar un pañuelo perfumado.  Seca su cara, mejillas y cuello. El adornado uniforme le incomoda, así como el forro de fieltro del saco que actúa como calefacción en pleno trópico.

Sus excesivas carnes, le lucen como pesado lastre. Sabe que debe mantener la compostura durante el discurso. Acomoda sus guantes, desabrocha el botón que los gobierna para ajustarlos. Abrocha nuevamente y sacude su peto dorado. Cuida que todo esté en perfecto orden.

Alguien le acerca el micrófono al atril de madera labrada, con escudo y bandera terciada. La tropa espera silenciosa, apagada, como mástiles en mar tranquilo, bajo un sol excesivamente quemante.

Inicia con saludos a la patria que ahoga lentamente, a su ejército dominado y servil, a sus ministros parásitos y ruines, al poco pueblo que le acompaña. Suelta frases incoherentes, decisiones injustas y sorpresivas, cientos de mentiras y gestos que simulan valor e hidalguía.

Sabe que nadie le cree, ni siquiera apuesta por él mismo. Todas sus expresiones le contradicen. Desde una grabación cuyo sonido es magnificado por enormes cornetas, le aplauden. Nadie lo hace desde las tribunas.

Aquel hombre, cuya presencia embrujaba, inteligente, galante, hechizante, monstruo del poder, bestia culta, con habano y uniforme, solo queda un disfraz muy mal cosido de lo que es un dictador latinoamericano.

¡Ha llegado la hora de acomodar sus barbas y ponerlas en remojo!




                       

EL LÁPIZ

​Estando en el metro, apretados por el gentío de siempre, escucho a un señor que presta un lápiz a otro que lo necesita. Al tomarlo, repara en su quebrada punta. De inmediato, el vecino del asiento derecho, cuya pierna derecha está amputada, le ofrece ayuda. Aparta su muleta y se dispone a despegar con sus afiladas uñas, unas pocas astillas.

​Al ver lo ineficaz que resultaba tal procedimiento, el dueño del lápiz abre su enorme maletín y saca
       ¡UN FILOSO CUCHILLO! ¡Todos nos quedamos sorprendidos!

​Agarró el lápiz con soltura, cortó varios trozos de madera con el afilado y brillante metal, raspó a gusto el cilíndro de grafito que previamente se escondía y moldeó una afilada punta. Limpió con un resoplido su regazo para liberarlo de los restos que su singular tarea había generado. Enseguida, entregó el lápiz al señor que escribiría en una gastada tarjeta que sacó de su cartera.

​Al guardar su cuchillo con cara de satisfacción, recibió de todos los pasajeros, risas de felicitación.




             
  AMOR PURO

Eran dos feos, besándose apasionadamente en la gran avenida. Tan feos eran, que nadie dejaba de escrutarles tanta feura amorosa.

#Minicuento




                   
POMPEYO M

Acabo de tener un sueño. ¡Hermoso!
Casi nunca tengo la dicha de soñar. Siempre duermo tan profundamente que los sueños me pasan de largo.

¿Sabes quién era mi partner en ese sueño que parecía cuento?
- Te vas a reir…
¡Soñé con Don Pompeyo Márquez!
Lo invité a comer a un restaurant español. El ambiente, jolgorio, música flamenca, paredes con colores cálidos que jugaban con la luz y el aroma celestial que salía desde la cocina y se instalaba en todo el lugar, me lo confirmaba claramente: “Es un restaurant español”
Nos sentamos donde nos indicó muy ceremonial y amablemente el mesonero.
Aunque quedamos frente a frente, existía un espacio inmenso entre Don Pompeyo y yo. Absorto, callado, con la mirada perdida, como si estuviese en otro lugar muy lejos de allí.
Se acerca el capitán para hablarnos de las bondades ocultas en el menú. Me atrevo a ordenar el plato de conejo al salmorejo que ofrece con gusto. Jamás lo había comido. Este era el momento de aventurarme para probar esos sabores impactantes de los que se ufanaba el maitre. No pude percatarme del pedido que hizo mi silencioso acompañante.
Observo que traen una hermosa botella de vino blanco, cuyo rocío empapa las manos del sommelier, quien nos deleita con la descripción de toda la riqueza que contiene el caldo que acaba de servirnos. Tenía razón. ¡Salute!
Al cabo de lo que dura degustar una copa del elixir de Baco, mis mejillas soportan el dolor que provoca tanta risa feliz. Lo hacen plenas, rosadas, brillantes.
Ese otro que está frente a mi, permanece inmutable. Como un muro, se separa y eleva su impenetrable fortaleza.
Nuestras diferencias anímicas son tan marcadas, que atraen las miradas curiosas del resto de comensales que plenan el lugar.
Nos interrumpe un gran plato humeante, con olor a gloria, pletórico de cremosa salsa, papas cortadas en cubos perfectos, arroz basmati moldeado como una pequeña pirámide, coronada por una ramita fresca de romero. Un chorro de abundante aceite de oliva completa el cuadro. Mi amigo no responde a ninguno de tantos apetitosos estímulos.
Pincho un trocito de la tierna y jugosa carne, la remojo en la salsa e inicio con el primer bocado. La carne se desintegra como mantequilla y se combina con mis papilas gustativas. Disfruto el festival que ocurre en mi boca. Mastico lentamente hasta tragar cuando considero el siguiente bocado. Un toque de vino para rematar en armonía y, dejo que el paladar respire y disfrute conmigo.
¡Nunca imaginé tanta delicia en un plato de conejo!
A Pompeyo, lo llaman a otra mesa llena de hombres escandalosos. Quieren saludarlo.
Veo como se levanta ese gran hombre, tanto por su enorme altura, como por su conservada corpulencia. Se dirige hacia la mesa donde le solicitan de forma vehemente.
Los observo mientras conversan y noto que mi amigo está mucho más animado. Recuerda con nostalgia los momentos que le llenan de orgullo. Los demás, ni siquiera parpadean ante sus palabras.
No me queda más que pedir un postre. Llamo al mesonero con un gesto y este se acerca rápidamente. Pido postres y enseguida, trae una mesita rodante llena de muestras de delicados dulces. Tortas de chocolate oscuro, tartaletas de frutas y tocinillo del cielo, entre otros.
Una pequeña caja de bombones belgas, se asoma en una de las esquinas de la mesa y, hace que interrumpa al mesonero. “Quiero ese”, balbuceé. Conozco la magia y fantasía que encierra cada bombón al degustarlos. Al terminar con el primero, me impulso en mi silla, me levanto y reclamo el regreso  de Pompeyo.
Este, corta de inmediato la conversación, se voltea hasta conectarse con mis ojos, regresa y me ofrece un beso en una de mis sonrojadas mejillas.

¿Qué más crees que hice?

[Bueno, al fin y al cabo, es un sueño]

De forma instintiva, automática, acerqué lentamente mi boca al encuentro de la suya. Ese fue un beso tan tierno como la delicada carne que acababa de comer.

¡Me desperté!

  Fin.




                   







DISECCIÓN
 [ Homenaje a E.A Poe ]

Mi mente, se ocupa a toda hora, en hacer el ejercicio de tu disección. Remueve tejidos, órganos, recoge humores de diferente viscosidad, aromas y colores. Pesa tu corazón y se sorprende con el adelgazamiento notable de las paredes de su miocardio. Extrae tu cerebro, con el fin único de reconocer tu propia mente. Comprueba hipótesis: tus pensamientos ya no se parecen a los míos. Sincronizan con otra longitud de onda. Tus vísceras, lívidas, enormes, muestran el efecto que han ejercido en ellas múltiples ataque de ira, "indigestión emocional", es el diagnóstico que arrojan los atlas de anatomía y gruesos textos de fisiología. Recojo el líquido exudado de la bandeja, tomo una de sus gotas y la extiendo en la delgada lámina de vidrio que reposa en mi microscopio. Confirmo lo que ya sabía de antemano, cuando la luz en mi ojo y las lentes, hacen su trabajo:  el líquido verde, viscoso, de penetrante aroma, no enseña el hermoso color azul que determinaba tiempos felices. Refleja cristales aguzados, punzantes, que no hacen más que despedirse en el oscuro desagüe. Busco el microtomo y rebano una delgada hoja de tu corteza. Comprendo que ya no tienes tacto. De nada vale tocar tus obesas papilas digitales, la superficie suave de tu mejilla o la curva de tu cuello, allí donde nace tu canoso cabello. De inmediato, te devuelvo a la envoltura frigorífica. Me despido antes con mi enguantada mano en tu frente. Deslizo suavemente la bandeja que contiene tu cuerpo, en el oscuro y frío espacio que le espera. Cierro la puerta, me asalta un escalofrío repentino cuando suena la manivela contra ella.  Abandono mis guantes, mi bata sucia y me alejo de la escena. Fuera del salón, continuas conmigo, no dejas de aparecer en mi mente, estás en mis latidos, en mi respiración, en cada centímetro de mi piel. Casi todo a mi alrededor, en mi vida, te sostiene y recuerda para siempre.




 










UNA DUCHA DE DOMINGO

Un hombre toma un refrescante y reparador baño matutino. Abre la llave de la regadera y recibe un ramillete de chorritos delgados de fresca y deliciosa agua. La alegría le embarga. Deja su cabeza canosa reposar bajo aquella lluvia artificial. Cierra los ojos y comienza a soñar.
Su cuerpo empapado, libera agua azulada, que al llegar al piso cerámico, se hace tornasolada.
Observar aquel espectáculo que ofrece el recorrido del agua, lo llena de sorpresa y de mucha dicha. Es azul lo que desprende. Está hecho del color más hermoso. Lo suelta con ayuda de algo más misterioso aún: el toque fino y delicado que recibe. Cierra la llave, luego de contemplar el extraño río azul descender completamente hacia los agujeritos del inodoro. Se lleva una certeza con él, luego de secar su anatomía con una gruesa toalla.




 






MIS ESTUDIOS EN EL CEMENTERIO

Tenía mi primer carrito: un Swift 1.3 azul eléctrico. Salía del trabajo en mi colegio, rumbo al cementerio del Éste. Al llegar, lo estacionaba siempre bajo la sombra de un frondoso árbol de caoba, justo frente a la parcela donde descansa mi querida abuela. Reclinaba la butaca, descalzaba mis zapatos, comía alguna chuchería y me fajaba a leer durante el resto de la tarde. Era la rutina que repetía una o dos veces por semana, durante mis estudios de especialización.
La brisa deliciosa, alborotaba las copas de los árboles, me arrullaba el canto hermoso de pajaritos, aspiraba el rico aroma que desprende la grama recién cortada, combinado con el olor especial de las flores marchitas. Coronaba un hermoso cielo azul, siempre colmado de nubes e iluminado por un sol esplendoroso. La soledad que reinaba durante esos días, era interrumpida inesperadamente por una caravana fúnebre.
Me distraía contemplando la expresión de los familiares. Sabía identificar a los más cercanos, a los farsantes y a los amigos.
La cara del farsante, siempre lleva gafas oscuras, de esas que impiden ver a los ojos. Usan pañuelos que secan lágrimas inexistentes. Abrazan y dan consuelo, sin llegar a rozar el alma. No pueden ser más patéticos.
La cara de los amigos, enfrenta al viento, con la mirada fija en los recuerdos. Abrazan, sin querer soltarse. Sus lágrimas empapan y corren libres, como las familiares.
Estoy segura de que mi abuela, observaba todo a través de mis ojos.






















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